España: ‘se busca’ nuevo patrón de crecimiento

Patron de crecimiento

Un viejo chiste de economistas sostiene que la economía es la única profesión en la que dos personas pueden lograr el mismo premio Nobel por decir justamente lo contrario. Otro, igual de cáustico, asegura que lo mejor de ser premio Nobel de economía es que ya puedes hablar de todo con la autoridad que concede el galardón.

Los dos chistes, sin embargo, son verdad, como el hecho de que puede ser cierto que una economía crezca de forma sostenida durante un trienio un 2,5% -es el caso de España- y, al mismo tiempo, tener significativas vulnerabilidades.

Básicamente, por una razón. Buena parte del crecimiento económico actual (sin duda más equilibrado que en el pasado) tiene que ver con circunstancias excepcionales (tipos de interés, precios del petróleo o depreciación del euro), y eso ha permitido -junto a algunas reformas económicas impulsadas por el Gobierno- que el PIB vaya a disfrutar de una velocidad de crucero durante los próximos dos o tres años situada por encima del 2%, con la creación de más de 350.000 empleos cada ejercicio.

Es decir, si se cumple ese escenario, la economía española habrá acumulado media docena de años con un crecimiento algo inferior a la media de las últimas dos décadas, pero suficiente para recuperar los niveles de PIB previos a la crisis. Los niveles de ocupación tardarán algo más en llegar.

¿Quiere decir eso que el futuro está asegurado? En absoluto. Es evidente que el contexto exterior es complejo y existen riesgos al alza -Brexit, elecciones en los países centrales del euro o efecto Trump-, pero, sobre todo, porque las cicatrices de la crisis aún se dejan ver. Aunque familias y empresas se han desendeudado al calor de los bajos tipos de interés reales y de las restricciones del crédito, el endeudamiento público permanecerá durante algún tiempo en el entorno del 100% del PIB. Y no solamente el de carácter fiscal.

La deuda exterior neta sigue en torno al 90% del PIB, lo que significa que para rebajar ese nivel hacia el 30% (ratio que se considera compatible con la sostenibilidad a largo plazo), España debe acumular durante prácticamente tres décadas superávits exteriores superiores al 2%. Un reto verdaderamente hercúleo para un país acostumbrado a generar imponentes desequilibrios exteriores -vía importaciones- a medida que se consolidaba el crecimiento. La economía española, por decirlo de una manera directa, continúa siendo muy dependiente de los flujos financieros del exterior, lo cual siempre es una carga de Damocles.

Los elevados niveles de deuda significan que el sector público es, igualmente, muy vulnerable a la variación de los tipos de interés. Si la política monetaria ultraexpansiva del BCE comienza a normalizarse, algo que difícilmente llegará antes del último trimestre de 2018, el servicio de la deuda volverá a crecer. Y no hay que olvidar que los costes financieros, junto a la reducción del gasto en desempleo, han sido los dos principales instrumentos de control del déficit público en los últimos años.

España llegó a pagar cerca del 3,5% del PIB para financiar la deuda y hoy ese nivel (pese a haber crecido el volumen de forma relevante) se ha reducido a la mitad, lo que supone un ahorro de unos 18.000 millones de euros. Algo parecido sucede en el caso del gasto en desempleo debido a la caída en picado de la tasa de cobertura y a las menores tasas de paro.

De hecho, como ha recordado recientemente la OCDE, España, y pese a seis años con crecimientos robustos, seguirá teniendo déficit fiscal primario (sin el pago de intereses) hasta al menos el año 2018 (1% del PIB). Eso supone, ni más ni menos, que buena parte de la reducción del desequilibrio fiscal hay que vincularlo a razones cíclicas.

España, por el momento, no ha encontrado la tracción que le permita asegurase un crecimiento sostenido a medio plazo. Aunque el sector exterior ha ganado peso en la economía, las importaciones continúan drenando mucho crecimiento. Y sólo el desplome del barril de crudo ha permitido una aportación positiva del sector exterior al avance del PIB.

Es difícil que el sector de la construcción -con poco valor añadido, pero uso intensivo de empleo- vuelva a recuperar su peso en la economía anterior a la crisis. Entre otras razones, a causa del invierno demográfico que vive España, donde la creación de nuevos hogares crece apenas una tercera parte de lo que lo hacía en los tiempos de boom. Sólo un nuevo ciclo migratorio podría reflotar el sector, pero no parece que los tiempos políticos vayan por ahí.

De hecho, la demografía será la estrella del debate económico en la tercera década del presente siglo. Una población envejecida -con dos millones de trabajadores instalados de forma casi permanente en una situación de paro de larga duración- genera nuevas demandas sociales y presiona al alza el gasto público, lo cual, a su vez, obliga mantener elevados impuestos que merman la competitividad. En particular, las cotizaciones sociales.

El debate sobre el futuro de la Seguridad Social, en este sentido, es clave para entender el futuro. El modelo de prestaciones -viudedad u orfandad a cargo del sistema público de protección social- necesariamente tendrá que revisarse. Y eso significa, ni más ni menos, que será el Estado quien tendrá que asumir ese coste (en torno a 21.000 millones de euros), lo cual permitirá diseñar un modelo de Seguridad Social de carácter más actuarial.

Es decir, habrá mayor proporcionalidad entre lo cotizado y lo percibido en el momento de la jubilación, con todo lo que conlleva esa estrategia en términos sociales. Pensiones más bajas respecto del último salario contraen la demanda interna y se corre el peligro de caminar hacia un Estado de beneficencia. Cuando, precisamente, la Seguridad Social nació como un instrumento de nivelación de desigualdades. Los que más aportaban, transferían recursos a quienes hubieran cotizado menos. Ese será el debate de la próxima década: la financiación del Estado de bienestar.

Carlos Sánchez es periodista, especializado desde hace más de 30 años en información económica. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, ha trabajado en prensa, radio y televisión. Fue fundador del diario El Mundo y ejerció el cargo de redactor jefe de Economía y Política en el diario Expansión. Es autor de los libros "Los Nuevos Amos de España" y "Dinero Fresco". Actualmente es director adjunto del diario El Confidencial.

 

Categorías: Temas empresariales
Etiquetas: economía España

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