Recuperación económica: queda la segunda parte del partido

Recuperación económica: queda la segunda parte del partido

¿Quién hubiera podido pensar hace tres años, cuando España estuvo al borde del colapso, que en el verano de 2015 la economía estaría creciendo a un ritmo anualizado próximo al 4% y que se han creado más de medio millón de empleos en el último año? La recuperación es una realidad y atrás ha quedado una de las recesiones más graves de las últimas décadas. La España de hoy es la que su economía crece muy por encima de las de la eurozona o la que la propia canciller alemana, Angela Merkel, pone como ejemplo ante el G-7.

Los cimientos de la recuperación se han puesto en los últimos tres años, donde se han abordado importantes reformas -laboral, financiera, pensiones…- que, junto con el control del gasto público y la consiguiente reducción del déficit, han contribuido a corregir los desequilibrios macroeconómicos acumulados durante la última burbuja de crecimiento y ganar competitividad como consecuencia en gran medida del proceso de devaluación interna que se ha producido en la economía española en estos años.

Qué duda cabe de que este intenso proceso de recuperación, donde el ritmo de crecimiento se ha acelerado vertiginosamente, se ha visto vitaminado de manera exponencial por factores exógenos, que han contribuido decisivamente a echar más leña a la caldera del crecimiento. El drástico descenso del precio del petróleo, actualmente en el entorno de 60 dólares por barril, ha mejorado la capacidad de compra de las familias y abaratado sensiblemente los costes de producción de las empresas. A su vez, la depreciación del euro ha espoleado las exportaciones fuera de la eurozona. Pero el dopaje más determinante en esa aceleración de la actividad reside en las medidas de política monetaria muy expansiva adoptada por parte del BCE desde mediados del año pasado.

Ahora bien, si la economía española se estuviera recuperando sólo por dichos factores exógenos con toda probabilidad no sería la que con más intensidad crece en la eurozona, en donde se ha convertido en una suerte de locomotora económica. En ese caso, lo previsible es que los ritmos de recuperación fueran más modestos y se asemejaran más a los de Italia o Portugal, países con casuísticas muy similares a las de España en cuanto a la influencia de dichos factores externos. Pero lo cierto es, como digo, que España crece con más intensidad que sus vecinos y eso se debe particularmente al impulso reformista de estos últimos años.

En este contexto, existe un amplio consenso entre los analistas en que la economía española puede cerrar 2015 con un crecimiento entre el 3% y el 3,5%, una excepcional tasa que será prácticamente imposible repetir en 2016. Fundamentalmente porque los motores exógenos que han acelerado el crecimiento, como el abaratamiento del petróleo o la depreciación del euro, atenuarán su impacto en la actividad. De hecho, los analistas prevén que la marcha de la economía tendrá un perfil más moderado en la segunda parte de este año. Todo ello, con permiso del impacto en la actividad que se pueda derivar de la incertidumbre y de la volatilidad que previsiblemente van a presidir los mercados bursátiles y de deuda como consecuencia de la deriva griega.

¿Cuál es el riesgo que afronta España en un futuro inmediato? Sería un grave error pensar que en materia reformista ya está todo hecho. La prueba más evidente de que no nos podemos conformar con esta recuperación todavía muy insuficiente reside en la enquistada e insostenible tasa de paro próxima al 24% y los más de 4 millones de desempleados. Lo peor que podríamos hacer es caer en la complacencia y quedarnos de brazos cruzados, en cuanto a reformas económicas se entiende, pensando ilusamente que a partir de ahora la economía va a ir sobre ruedas gracias a los estímulos monetarios del BCE. Sería un grave error que podríamos pagar incluso con una peligrosa involución en la actividad económica. Entre otros aspectos, porque la lluvia de liquidez no será indefinida.

Con permiso del entorno exterior, donde la actividad en las grandes economías mundiales no está siendo tan dinámica como cabría esperar (en particular en Estados Unidos) la recuperación sigue dependiendo en buena medida de nosotros mismos; en particular de las decisiones en materia económica que tome el nuevo gobierno que salga de las urnas a final de año. A los futuros gobernantes hay que recordar que en absoluto se puede dar por concluido el proceso de saneamiento de las cuentas públicas, sobre el que pende la pesada losa de una deuda pública próxima al 100%; que el ajuste fiscal debe continuar, como también se debe avanzar en la flexibilización del mercado laboral para evitar los lastres de la excesiva judicialización que estamos viendo, para mejorar el funcionamiento de la relación empresarios/trabajadores en la negociación colectiva o para acabar con la insostenible dualidad laboral que existe en la actualidad. Eso, por no hablar de las apremiantes mejoras en materia de educación, de revisión del sistema de financiación de las comunidades autónomas o de apuntalamiento del estado de bienestar para hacerlo sostenible con nuevas revisiones en el ámbito sanitario o en las pensiones, cuestión esta última sobre la que, por mucho que los gobernantes opten por la táctica del avestruz para orillar los problemas de sostenibilidad en el futuro, más pronto que tarde habrá que hincarle el diente para adoptar medidas que, por impopulares que sean, sirvan para garantizar de la prestación pública en un escenario de intenso envejecimiento demográfico.

Junto a ello, hay que recordar que la facilidad de crédito para las empresas sigue siendo una asignatura pendiente. Si bien es cierto que la decisión del BCE de inyectar liquidez en el sistema a razón de 60.000 millones de euros al mes y el hecho de que, en lugar de remunerar los depósitos, esté cobrando a los bancos un 0,2% por depositar su dinero en el BCE ha permitido una apreciable mejoría de las condiciones de financiación para las empresas, la realidad es que todavía persiste un claro déficit de financiación para las pymes españolas. El grifo del crédito se ha abierto para las grandes empresas y para las medianas que disfrutan de unos balances claramente saneados, pero en general la financiación sigue sin alcanzar al amplio tejido de pymes.

Esto sólo por citar algunos de los numerosos aspectos pendientes y cuya resolución es apremiante si pretendemos evitar sobresaltos económicos, corregir los desequilibrios que aún permanecen y encauzar la economía hacia un crecimiento vigoroso, sostenido, y lo más importante, lo suficientemente capaz de generar empleo como para enjugar la dramática sangría laboral de los últimos años.

Juan José Garrido, Redactor Jefe de Expansión

Juan José Garrido es periodista especializado en información económica. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, comenzó a trabajar en el Diario de León. Ha desarrollado su carrera profesional en el diario Expansión, donde en la actualidad es Redactor Jefe de Economía/Política y de Opinión. Ha colaborado en tertulias de televisión y medios escritos especializados en economía con artículos de opinión.

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