La diversión atrapa a los banqueros centrales en su propio laberinto monetario

La diversión atrapa a los banqueros centrales en su propio laberinto monetario

“El único poder verdadero de un banco central es, a fin de cuentas, el poder de crear dinero, y a la postre el poder de crear es el poder de destruir”

Paul Volcker

Los banqueros centrales tienen un problema: hace años que dejaron de ser aburridos. Estaban programados para permanecer en la retaguardia, sumergidos siempre en sus datos y sus estadísticas, alejados del ruido y los focos, centrados en lo suyo, que no es otra cosa que la gestión de la política monetaria, es decir, la gestión del dinero.

Pero esos tiempos quedaron atrás. Los banqueros centrales son ahora divertidos. Mucho. Posiblemente demasiado. Y por demasiados motivos. El primero, el papel absolutamente protagonista que han adquirido durante la crisis. Nadie se acerca siquiera a la notoriedad e influencia que han alcanzado desde el inicio de las hostilidades financieras en 2007. Y el segundo, el carácter totalmente innovador de sus políticas monetarias. Nunca antes tantos bancos centrales de tantos países habían disparado tanta y tan contundente munición monetaria.

Acuciados por la profundidad de la crisis y por el recuerdo de los errores que sus antepasados cometieron durante el crac de 1929 y la posterior Gran Depresión, en la que su torpeza y su tardanza en actuar agravaron las consecuencias económicas, esta vez se han empleado a fondo.

Han apurado al máximo las medidas de corte convencional, con rebajas de los tipos de interés hasta el 0% -o casi-. La Reserva Federal (Fed) estadounidense los tiene congelados entre el 0 y el 0,25% desde diciembre de 2008; el Banco de Inglaterra los mantiene en el 0,5% desde marzo de 2009; y el Banco Central Europeo (BCE) los rebajó al 0,05% en septiembre de 2014.

Pero en esta ocasión no ha bastado con la medicina habitual. La crisis ha exigido todo –y más- a los señores del dinero. Y se han dedicado precisamente a eso, a crear más dinero que nunca. Por cientos de miles, por billones de euros, inyectados en el sistema mediante sus programas de expansión cuantitativa (QE) y aplicados mediante la compra de deuda pública y privada en el mercado. Estos bonos han ido a parar a sus balances, que están más gordos que nunca. El de la Fed ha crecido de los 0,8 a los 4,3 billones de dólares y el del BCE, de los 1,19 a los 2,38 billones de euros. “Semejantes medidas no convencionales tenían como objetivo financiar a los bancos, rebajar el rendimiento de los bonos gubernamentales, incrementar la oferta monetaria y relajar la oferta de crédito”, relata Martin Wolf en su libro La gran crisis: cambios y consecuencias.

Es decir, han combinado lo ordinario con lo extraordinario; han mezclado lo conocido con lo experimental. Sus laboratorios han alumbrado unas políticas monetarias sin precedentes. Por eso no extraña que el estadounidense Neil Irwin titulara su libro sobre los banqueros centrales como Los alquimistas.

Su alquimia ha funcionado para esquivar otra Gran Depresión, ha servido para abastecer de liquidez a la banca y el sistema financiero y ha sido eficaz para apagar las presiones deflacionistas. Pero sus brebajes tienen un problema. O mejor dicho: dos. No, no, tienen tres problemas.

El primero, que probablemente se han pasado con la dosis. Posiblemente, las rebajas de los tipos hasta el límite del 0% y los primeros programas de expansión cuantitativa –los lanzados entre 2008 y 2012- resultaban precisos porque han evitado una crisis aún peor, han sostenido la liquidez y han mantenido activos y abiertos los mercados.

Sin embargo, las medidas expansivas aplicadas desde entonces suenan excesivas. Para empezar, porque sus efectos han sido menores que las primeras dosis de expansión cuantitativa. Y para continuar, porque para lo que han servido fundamentalmente es para alimentar la subida del precio de los activos. No es casual, por ejemplo, que los principales índices de Wall Street vivan un eterno romance con los máximos históricos desde 2013. Desde entonces, el Dow Jones y el S&P 500 no han dejado de conquistarlos un día y renovarlos al siguiente con el patrocinio del dinero barato y abundante de la Fed.

El segundo, que como lo que han hecho no tiene precedentes, se ignoran los efectos secundarios. Eso sí, la historia reciente no augura nada bueno, puesto que evidencia que las largas temporadas con bajos tipos de interés suelen nutrir burbujas y desequilibrios financieros que deberán ser purgados en el futuro.

Si la historia ya avala el peligro que tiene mantener durante demasiado una política monetaria muy expansiva, en la situación actual el riesgo se multiplica. Los intereses no es que sean bajos, es que jamás lo habían sido tanto ni durante tanto tiempo, con el agravante de que los bancos centrales han creado más dinero que nunca. Semejante cóctel está arrojando efectos sin precedentes. Aunque hay uno que destaca en especial: los rendimientos negativos que ha llegado a mostrar el 30% de la deuda soberana europea en la primavera de 2015. Porque ya no es que los países se financien gratis… ¡es que los inversores pagan intereses por prestar dinero a los países!

Y el tercero, que los dos problemas anteriores complican la operación salida de las políticas que los banqueros centrales han desarrollado en los últimos años. Es decir, normalizar las extraordinarias políticas monetarias actuales les va a costar lo suyo. De algún modo, y precisamente porque tanto la economía real como sobre todo la financiera se han enganchado a sus pócimas, da la sensación de que se sienten atrapados en el laberinto monetario que ellos mismos han creado.

Lo está demostrando la Fed, que lleva meses preparando el camino para empezar a subir los tipos… pero que no encuentra la ocasión de hacerlo y la sigue posponiendo. Y lo mismo pasa con el Banco de Inglaterra, que ya ha dejado para 2016 un incremento de los intereses que tenía previsto ejecutar en la primavera de 2015.

Estos ejemplos demuestran que, puestos a equivocarse, los banqueros centrales preferirán hacerlo por actuar tarde más que por precipitarse. No han llegado tan lejos con su alquimia monetaria para maniobrar ahora de forma prematura y provocar una recaída en la economía. Porque hay una cosa clara: no son ajenos a los riesgos que están asumiendo con sus políticas. En sus reuniones, en sus comunicados o en las actas de sus cónclaves monetarios se cuelan las advertencias sobre los efectos perversos que sus actuales estrategias pueden desencadenar. Pero se siguen quedando en eso. En palabras.

Mientras se lo piensan, no pueden evitar que el paso del tiempo evoque una pregunta: ¿Cómo sabemos cuándo una exuberancia irracional ha hecho subir indebidamente el valor de los activos? La formuló el entonces presidente de la Fed, Alan Greenspan, en diciembre de 1996. Pero no la respondió. Nadie lo ha hecho aún. Y ahora amenaza con volver elevada a la enésima potencia por la magnitud de la munición disparada por los banqueros centrales.

Aunque a lo mejor los sucesores de Greenspan tienen más fortuna. Si encuentran la salida de su laberinto, claro.

 

Licenciado y Doctor en Comunicación por la Universidad de Navarra, Pedro Calvo trabaja actualmente en El Confidencial tras haberlo hecho antes en los diarios Expansión y elEconomista, en los que ha cubierto la información sobre bancos centrales, divisas y macroeconomía. Es autor del libro "Gowex, la gran estafa".

Categorías: Estudios y Análisis

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